Durante muchos años, el lenguaje fue explicado a partir de modelos que buscaban describir qué componentes lo integran y cómo se conectan entre sí. Estos modelos, como los clásicos esquemas de procesamiento lingüístico en “cajas y flechas”, resultaron fundamentales para comprender que el lenguaje no es una habilidad única y homogénea, sino un sistema complejo que involucra distintos niveles de análisis: perceptivo, fonológico, léxico, semántico y motor. Sin embargo, la investigación actual ha desplazado el foco desde la pregunta por la estructura del sistema hacia una cuestión diferente y más dinámica: cómo se procesa el lenguaje en tiempo real.
Hoy no existe un único modelo hegemónico de procesamiento lingüístico. En su lugar, se trabaja con marcos teóricos complementarios, que se eligen según el fenómeno que se quiera explicar. Esta multiplicidad no es una debilidad del campo, sino una consecuencia directa de haber comprendido que el lenguaje no funciona de manera aislada, sino en interacción constante con otros sistemas cognitivos como la memoria, la atención y el control ejecutivo.
Uno de los enfoques más influyentes en la actualidad es el de los modelos de procesamiento incremental. Desde esta perspectiva, el lenguaje no se procesa una vez que la información está completa, sino paso a paso, a medida que el input va llegando. El cerebro comienza a interpretar una frase antes de haberla escuchado o leído por completo, y va ajustando esa interpretación conforme aparece nueva información. Este enfoque resulta central para explicar por qué el tiempo de procesamiento es una variable crítica: cuando el sistema necesita más tiempo para integrar la información entrante, la comprensión y la producción lingüística pueden verse transitoriamente afectadas, aun cuando el conocimiento lingüístico esté disponible.
En estrecha relación con estos modelos, la investigación contemporánea ha incorporado de manera sistemática los aportes de los modelos de memoria de trabajo y funciones ejecutivas. En este marco, el lenguaje deja de entenderse como un sistema autónomo y pasa a concebirse como una actividad cognitiva altamente demandante. Comprender una consigna, seguir un relato o producir una oración implica retener información, inhibir respuestas irrelevantes, mantener el foco atencional y planificar una respuesta. Cuando estos recursos son limitados o se encuentran sobrecargados, el lenguaje se vuelve más costoso y más lento. Esta integración entre lenguaje y cognición resulta especialmente relevante para comprender perfiles en los que el desempeño lingüístico varía notablemente según el contexto y las exigencias de la tarea.
Otro enfoque que ha cobrado gran relevancia en los últimos años es el de los modelos predictivos del lenguaje. Desde esta perspectiva, el cerebro no se limita a reaccionar al input lingüístico, sino que genera constantemente predicciones sobre lo que va a venir: palabras, estructuras sintácticas, significados posibles. Cuando esas predicciones se confirman, el procesamiento es eficiente; cuando fallan, el sistema necesita invertir más recursos para reajustarse. Este marco permite explicar por qué las estructuras complejas, los cambios de foco o las frases menos frecuentes generan mayor costo de procesamiento, y por qué algunos niños necesitan más tiempo para responder cuando el input no se ajusta a sus expectativas.
En paralelo, los modelos conexionistas y de aprendizaje estadístico han aportado una mirada distinta sobre el desarrollo del lenguaje. En lugar de postular módulos rígidos y rutas predefinidas, estos modelos proponen que el lenguaje emerge del aprendizaje progresivo de regularidades presentes en el input. La frecuencia, la consistencia y la claridad de las estructuras lingüísticas juegan un rol central. Desde este enfoque, las dificultades lingüísticas no se explican por la ausencia de un componente específico, sino por diferencias en la forma en que el sistema aprende, generaliza y automatiza patrones. Esto refuerza la idea de que el lenguaje puede mejorar significativamente cuando el entorno se vuelve más predecible y estructurado.
Frente a estos enfoques actuales, los modelos clásicos de procesamiento lingüístico no han desaparecido, pero han cambiado de función. Ya no se los utiliza como explicaciones completas del funcionamiento del lenguaje, sino como herramientas descriptivas, didácticas y clínicas. Siguen siendo útiles para organizar perfiles, describir rutas de procesamiento y explicar determinadas disociaciones, especialmente en el ámbito de la lectura y la escritura. Sin embargo, resultan insuficientes para dar cuenta de la variabilidad contextual, la influencia del tiempo de procesamiento y la interacción entre lenguaje y otros sistemas cognitivos.
En este escenario, el concepto de tiempo de procesamiento adquiere un lugar central. Los modelos actuales coinciden en que el desempeño lingüístico no puede evaluarse sin considerar el tiempo que el sistema necesita para operar. Una respuesta lenta no implica necesariamente una falla en la comprensión; muchas veces indica que el sistema está trabajando. Ignorar esta variable conduce a interpretaciones erróneas, tanto en la evaluación como en la intervención.
Desde una perspectiva contemporánea, acompañar el lenguaje implica entonces ajustar no solo los contenidos, sino también los ritmos. Los ritmos de las consignas, de las interacciones y de las expectativas adultas. El lenguaje no es únicamente lo que se dice, sino también el tiempo que se habilita para que pueda construirse.
En síntesis, los modelos actuales de procesamiento lingüístico no buscan encerrar el lenguaje en esquemas cerrados, sino comprenderlo como un proceso dinámico, distribuido y sensible al contexto. En lugar de preguntar qué módulo falla, la pregunta se desplaza hacia cómo interactúan el lenguaje, la memoria, la atención y el tiempo. Este cambio de mirada permite explicaciones más ajustadas, intervenciones más respetuosas y una comprensión más profunda de la diversidad en el desarrollo del lenguaje.


