Diseño de materiales terapéuticos: una decisión clínica fundamentada

En los últimos años, la creación de materiales terapéuticos se volvió una práctica cada vez más frecuente entre profesionales del lenguaje. Juegos impresos, tarjetas, tableros, recursos visuales, propuestas lúdicas “adaptadas” a cada niño circulan de forma cotidiana en consultorios, escuelas y redes sociales. En muchos casos, esta producción se presenta como un gesto creativo, casi artesanal, asociado al gusto personal o a la intuición clínica del terapeuta.

Sin embargo, pensar la creación de materiales como un hobby (como un plus simpático, opcional o decorativo) implica subestimar una cuestión central: todo material es una toma de posición clínica. No existe recurso neutro. Cada elección de formato, consigna, estímulo o secuencia supone una determinada concepción del lenguaje, del desarrollo y de la intervención.

Crear materiales no es simplemente “hacer algo para usar en sesión”. Es diseñar una experiencia lingüística con consecuencias clínicas concretas.

Un material organiza la actividad del niño, delimita qué puede hacer y qué no, qué aspectos del lenguaje quedan en primer plano y cuáles permanecen en segundo plano. Define el tipo de demanda cognitiva que se pone en juego, el grado de apoyo que se ofrece, la forma en que el adulto interviene y el lugar que ocupa el error. Incluso cuando estas decisiones no se formulan explícitamente, están presentes en el diseño.

Por eso, la creación de materiales no puede pensarse como una actividad marginal ni puramente creativa. Es parte del núcleo de la práctica clínica.

En la clínica del lenguaje, trabajar con materiales implica siempre intervenir sobre un sistema complejo. El lenguaje no es un conjunto de palabras aisladas ni una suma de habilidades independientes, sino una estructura organizada en distintos planos que interactúan entre sí. Un recurso que apunta, por ejemplo, a “trabajar vocabulario” también impacta sobre la morfosintaxis, la organización discursiva, la memoria de trabajo y la atención. Del mismo modo, un material pensado para narrar no solo compromete el plano del discurso, sino también la selección léxica, la estructura argumental y la cohesión.

Cuando se diseña un material sin considerar estas interacciones, el riesgo no es solo la ineficacia, sino la intervención desalineada con los objetivos clínicos. Un recurso puede ser atractivo, dinámico y bien recibido por el niño, y aun así no estar favoreciendo el desarrollo de la habilidad que se busca estimular.

En este punto, resulta clave distinguir entre material lindo y material clínicamente pertinente. La estética puede facilitar la motivación y la atención, pero no reemplaza el sustento teórico. Un material no se vuelve clínico por ser colorido, interactivo o “divertido”, sino por estar construido en función de un problema lingüístico específico.

Crear materiales, entonces, exige formular preguntas clínicas previas:
¿Qué aspecto del lenguaje quiero intervenir?
¿Qué supuestos hago sobre la dificultad del niño?
¿Qué tipo de ayuda necesita y cuál no?
¿Qué grado de control sobre la tarea es necesario?

Estas preguntas rara vez aparecen cuando la creación se plantea como un hobby. En ese enfoque, el material suele surgir como respuesta a una incomodidad práctica (“necesito algo para usar mañana”, “esto no me está funcionando”), más que como parte de una planificación clínica sistemática. El resultado es una acumulación de recursos que “sirven para muchas cosas”, pero no resuelven ninguna en profundidad.

La clínica del lenguaje, sin embargo, no se beneficia de materiales universales. Por el contrario, requiere recursos específicos, acotados y teóricamente informados. Un buen material no intenta cubrir múltiples objetivos a la vez, sino que se recorta sobre un aspecto preciso del funcionamiento lingüístico. Esa limitación no empobrece la intervención: la vuelve más clara.

Pensar la creación de materiales como decisión clínica también implica reconocer el rol del profesional como diseñador. Diseñar no es decorar, sino estructurar. Supone anticipar recorridos posibles, errores esperables, puntos de dificultad y formas de mediación. El adulto no es un mero facilitador del juego, sino parte constitutiva del dispositivo terapéutico. El material, por sí solo, no interviene; interviene en tanto se inserta en una interacción guiada.

Desde esta perspectiva, la improvisación constante de materiales tampoco es inocente. Improvisar es, en sí mismo, una postura clínica. Puede ser útil en ciertos momentos, pero no puede constituirse como modo exclusivo de intervención. Cuando todo se improvisa, se pierde la posibilidad de evaluar con precisión qué está funcionando y por qué. Sin diseño, no hay control de variables; sin control, no hay análisis clínico posible.

Otro aspecto clave es el vínculo entre material y evaluación. Los recursos que se utilizan en intervención no solo cumplen una función terapéutica, sino también diagnóstica en sentido amplio. A través de un material, el profesional observa cómo el niño organiza el lenguaje, qué estrategias utiliza, dónde aparecen las rupturas y qué tipo de ayuda resulta eficaz. Un material mal diseñado puede enmascarar dificultades o, por el contrario, generar demandas innecesarias que no se corresponden con el objetivo clínico.

Por eso, crear materiales no es una actividad secundaria respecto de la evaluación y la intervención. Es un espacio donde teoría y práctica se encuentran de manera directa. Cada recurso encarna una hipótesis sobre cómo funciona el lenguaje y cómo puede ser estimulado.

Reivindicar la creación de materiales como decisión clínica no implica desvalorizar la creatividad. Al contrario: implica darle un marco. La creatividad clínica no consiste en inventar sin límites, sino en resolver problemas concretos dentro de restricciones teóricas. Cuanto más claro es el marco, más potente puede ser la creatividad.

En este sentido, diseñar materiales es una forma de pensar la clínica. Obliga a explicitar supuestos, a jerarquizar objetivos, a tomar decisiones informadas. Es una práctica que requiere formación, reflexión y revisión constante. No es un hobby, aunque pueda ser disfrutable. No es un pasatiempo, aunque implique creatividad. Es parte del trabajo clínico.

Tal vez el desafío no sea crear más materiales, sino crear mejor: con menos improvisación y más fundamento, con menos acumulación y más criterio. Entender que cada material habla (aunque no lo diga) de cómo concebimos el lenguaje y la intervención.

Y asumir, finalmente, que diseñar materiales es también una forma de hacer clínica.