¿Qué esconden las lenguas transparentes sobre las dificultades lectoras?

El estudio de las dificultades lectoras ha estado históricamente influido por modelos desarrollados en lenguas de ortografía opaca, particularmente el inglés. Sin embargo, en las últimas décadas, la investigación en lenguas transparentes como el español ha puesto en evidencia que la manifestación de estas dificultades no es homogénea entre sistemas ortográficos, sino que se encuentra profundamente modulada por las propiedades del código escrito. Comprender estas diferencias resulta clave para evitar diagnósticos tardíos, interpretaciones reduccionistas del rendimiento lector y abordajes terapéuticos poco ajustados a las demandas reales que enfrentan los niños en contextos escolares hispanohablantes.

En las lenguas transparentes, como el español, existe una correspondencia altamente regular entre grafemas y fonemas. Esta regularidad favorece una adquisición relativamente rápida y exitosa de la decodificación básica, incluso en niños que presentan dificultades subyacentes en los mecanismos cognitivo-lingüísticos implicados en la lectura. Tal como señala Dehaene (2014), los sistemas ortográficos transparentes reducen la carga de ambigüedad en la conversión grafema-fonema, lo que permite que muchos lectores alcancen un desempeño correcto en tareas de lectura de palabras y pseudopalabras en etapas tempranas, aun cuando otros componentes del sistema lector no estén adecuadamente consolidados.

Esta característica tiene una consecuencia clínica central: los errores no siempre son evidentes en la lectura inicial. A diferencia de lo que ocurre en lenguas opacas, los niños hispanohablantes con dificultades lectoras pueden “leer bien” en términos de precisión durante los primeros años de escolaridad. La ausencia de errores groseros en la decodificación suele generar la falsa impresión de un desarrollo lector típico, lo que retrasa la detección de dificultades más profundas. Citoler (2019) advierte que, en español, la precisión lectora deja rápidamente de ser un indicador sensible del desempeño, y que resulta imprescindible desplazar el foco hacia otros dominios, como la fluidez, la automatización y la comprensión.

En este sentido, una de las áreas donde las dificultades se manifiestan con mayor claridad en lenguas transparentes es la fluidez lectora. Si bien los niños pueden decodificar correctamente, lo hacen de manera lenta, fragmentada y con un elevado costo cognitivo. La lectura permanece anclada a estrategias seriales y subléxicas durante más tiempo del esperable, lo que interfiere con la disponibilidad de recursos para la integración semántica y sintáctica del texto. Dehaene (2014) describe este fenómeno como una falta de automatización del reconocimiento visual de palabras, que impide el acceso eficiente a la llamada “ruta ortográfica”.

La lentitud lectora no es un aspecto menor ni meramente cuantitativo. Desde una perspectiva cognitiva, una lectura poco fluida impacta directamente sobre la comprensión, ya que la memoria de trabajo se ve sobrecargada por el esfuerzo que demanda la decodificación. En consecuencia, el lector tiene dificultades para mantener activa la información previa, establecer inferencias y construir una representación coherente del texto. En lenguas transparentes, entonces, las dificultades lectoras tienden a desplazarse desde la decodificación hacia niveles superiores del procesamiento, haciendo visibles déficits que no siempre son detectados por pruebas centradas exclusivamente en la exactitud.

Otro aspecto frecuentemente comprometido en lectores con dificultades en español es la morfosintaxis. La lectura de oraciones complejas, con incrustaciones, pasivas, clíticos o alteraciones del orden canónico, exige una integración precisa entre el procesamiento sintáctico y la memoria de trabajo. Citoler (2019) señala que muchos niños que leen correctamente palabras aisladas presentan un desempeño significativamente inferior cuando deben procesar estructuras sintácticas de mayor complejidad, lo que se traduce en errores de interpretación o en una comprensión superficial del contenido.

Este punto resulta especialmente relevante para la práctica clínica en fonoaudiología y psicopedagogía, ya que pone de relieve la necesidad de evaluar la lectura más allá del nivel léxico. En contextos escolares, las demandas lectoras avanzan rápidamente hacia textos expositivos y narrativos complejos, donde la comprensión depende de la capacidad para integrar información a nivel oracional y discursivo. En lenguas transparentes, las dificultades lectoras suelen hacerse evidentes recién cuando el sistema educativo exige este tipo de procesamiento, lo que explica por qué muchos niños son derivados a evaluación en etapas tardías.

El discurso constituye otro dominio donde las dificultades se vuelven especialmente visibles. La comprensión y producción de textos narrativos y expositivos requiere no solo decodificar y comprender oraciones individuales, sino también organizar la información en una macroestructura coherente. Los lectores con dificultades suelen presentar problemas para identificar relaciones causales, temporales y jerárquicas entre los eventos del texto, lo que se traduce en resúmenes pobres, interpretaciones fragmentadas y dificultades para responder preguntas inferenciales. Estos déficits discursivos, lejos de ser secundarios, forman parte central del perfil lector en lenguas transparentes.

En contraste, en las lenguas opacas, como el inglés, las dificultades lectoras tienden a aparecer antes y de forma más visible en la decodificación. La irregularidad del sistema grafema-fonema expone tempranamente las debilidades en el procesamiento fonológico y en el aprendizaje de correspondencias inconsistentes. Dehaene (2014) subraya que, en estos sistemas, el lector debe memorizar un mayor número de excepciones y patrones irregulares, lo que incrementa la probabilidad de errores desde las primeras etapas de la alfabetización.

Esta diferencia explica, en parte, por qué gran parte de la literatura clásica sobre dislexia se ha centrado en errores de lectura de palabras y pseudopalabras, omisiones, sustituciones y dificultades para aplicar reglas de conversión. En lenguas opacas, estos errores constituyen un indicador temprano y relativamente sensible de dificultades lectoras, facilitando la detección y la intervención precoz. Sin embargo, extrapolar directamente estos criterios a lenguas transparentes puede conducir a subestimar la presencia de dificultades en niños hispanohablantes.

Citoler (2019) enfatiza que los modelos diagnósticos deben ser sensibles a las características del sistema ortográfico. En español, la ausencia de errores severos en la decodificación no implica necesariamente un desarrollo lector típico. Por el contrario, puede encubrir dificultades persistentes en la automatización, la comprensión y el procesamiento lingüístico de nivel superior. Desde esta perspectiva, la evaluación debe incluir medidas de velocidad, tareas de comprensión oral y escrita, análisis morfosintáctico y evaluación del discurso, tanto en modalidad receptiva como expresiva.

Las implicancias de estas diferencias no son solo diagnósticas, sino también interventivas. En lenguas transparentes, la intervención no puede limitarse al entrenamiento fonológico o a la lectura de sílabas y palabras aisladas. Si bien estos componentes pueden ser necesarios en etapas iniciales, el foco debe desplazarse progresivamente hacia la fluidez, el reconocimiento ortográfico, la comprensión sintáctica y el trabajo con textos. Dehaene (2014) destaca que la automatización del reconocimiento visual de palabras es un objetivo central para liberar recursos cognitivos y favorecer la comprensión.

Asimismo, el abordaje de la lectura en español requiere una integración estrecha con el trabajo sobre el lenguaje oral. Las dificultades morfosintácticas y discursivas que se manifiestan en la lectura suelen estar presentes, en mayor o menor medida, en la modalidad oral. Por ello, la intervención debe contemplar actividades que fortalezcan la comprensión de estructuras complejas, la organización narrativa y la inferencia, tanto en lectura como en escucha.

En síntesis, las diferencias entre lenguas transparentes y opacas obligan a repensar los criterios con los que evaluamos y abordamos las dificultades lectoras. En español, los errores no siempre son evidentes en la lectura inicial, y las dificultades tienden a desplazarse hacia la fluidez, la comprensión, la morfosintaxis y el discurso. Reconocer este patrón es fundamental para evitar diagnósticos tardíos y para diseñar intervenciones ajustadas a las demandas reales del sistema lector en contextos hispanohablantes. Tal como advierten Dehaene (2014) y Citoler (2019), una comprensión profunda de la relación entre ortografía, cognición y lenguaje es indispensable para una práctica clínica verdaderamente basada en la evidencia.