En fonoaudiología, los instrumentos de evaluación ocupan un lugar central. Tests, baterías y protocolos organizan la observación clínica, permiten objetivar desempeños y ofrecen un marco común para describir habilidades lingüísticas. Sin embargo, uno de los errores más frecuentes en la práctica es confundir el instrumento con el diagnóstico, como si la aplicación de una prueba pudiera, por sí sola, explicar el funcionamiento del lenguaje de una persona.
El lenguaje es un sistema complejo, dinámico y profundamente contextual. Para poder ser evaluado, necesariamente debe fragmentarse: se aíslan estructuras, se controlan variables y se acotan las respuestas posibles. Este recorte no es un defecto metodológico, sino una condición necesaria para la medición. No obstante, implica que ningún instrumento pueda capturar la totalidad del funcionamiento lingüístico. Lo que se evalúa es siempre una muestra parcial, producida en condiciones específicas y en un momento determinado. Un puntaje describe un rendimiento en una tarea, pero no explica cómo ese lenguaje se organiza, se procesa ni se usa en situaciones comunicativas reales.
La mayoría de los instrumentos evalúan el lenguaje a través de tareas artificiales, como repetir, señalar, completar o elegir entre opciones. Estas consignas son útiles para establecer comparaciones y delimitar áreas de desempeño, pero se alejan del uso espontáneo del lenguaje en contextos narrativos, conversacionales o pragmáticos. Por esta razón, un buen rendimiento en una prueba no garantiza un funcionamiento comunicativo adecuado en la vida cotidiana, del mismo modo que un bajo puntaje no permite comprender, por sí solo, el alcance real de una dificultad lingüística.
Otra limitación relevante aparece en la sensibilidad de los instrumentos frente a la variación lingüística. En lenguas con alta flexibilidad estructural, como el español, el orden de palabras y la forma de los enunciados no responden únicamente a reglas sintácticas rígidas, sino también a factores discursivos y pragmáticos. Muchas producciones no canónicas son gramaticales y funcionales dentro del sistema de la lengua. Sin embargo, los instrumentos suelen privilegiar estructuras canónicas y respuestas esperadas, lo que puede llevar a interpretar como error producciones que constituyen variantes legítimas. Sin una lectura clínica cuidadosa, la variación corre el riesgo de ser confundida con alteración.
Los resultados de una evaluación tampoco dependen exclusivamente de las competencias lingüísticas del sujeto. La comprensión de la consigna, la atención, la memoria, el estado emocional y el vínculo con el evaluador influyen de manera directa en la respuesta. El instrumento registra una producción en una situación puntual, pero no da cuenta, por sí mismo, de la estabilidad ni de la funcionalidad de esa producción en otros contextos. Evaluar lenguaje implica interpretar qué representa esa respuesta dentro de un funcionamiento más amplio y situado.
El problema aparece cuando el puntaje se convierte en una explicación. Los resultados numéricos ordenan, comparan y orientan, pero no explican procesos ni reemplazan la construcción de hipótesis clínicas. La evaluación del lenguaje requiere integrar información cuantitativa y cualitativa, observación directa, análisis del discurso y conocimiento del desarrollo lingüístico. Cuando el instrumento se utiliza como autoridad diagnóstica, se pierde el carácter interpretativo que define a la clínica.
Los instrumentos no fallan por ser parciales; fallan cuando se los utiliza sin mediación profesional. Su valor no reside únicamente en la aplicación, sino en la lectura crítica de los resultados y en su articulación con otras fuentes de información. Evaluar lenguaje no es aplicar pruebas, sino interpretar producciones.
En definitiva, los instrumentos de evaluación son herramientas necesarias, pero limitadas. Evalúan fragmentos del lenguaje en contextos controlados, mientras que el lenguaje real es variable, dinámico y contextual. Por eso, el test no es el diagnóstico: es apenas el punto de partida.


